Anuradhapura, la maravilla del mundo olvidada
Un estruendo increíble, un traqueteo constante de un lado a otro, ventanas y puertas abiertas por las que se asomaban pasajeros y ruidosos vendedores de refrigerios: en cualquier caso fue una gran experiencia el viaje en tren por Sri Lanka. Algunos trenes avanzaban lentamente por el paisaje y yo me deleitaba con la vista de las plantaciones de té, otros intentaban ir a toda la velocidad que los raíles permitían para transportarte en un tiempo razonable hasta el destino. En tren de Colombo a la ciudad de Anuradhapura fueron unas seis horas y debo reconocer que, aunque fotogénico y sin duda interesante, fue también un viaje muy cansado.
Mientras que muchos turistas que se dirigen a Sri Lanka suelen limitarse a la costa sur y a los parques nacionales cercanos, yo me dirigí enseguida más al norte, porque allí me esperaban lugares cuya historia se remonta al año 380 antes de nuestra era y que están entre los más sagrados de toda Sri Lanka. Anuradhapura está inscrita ya desde 1982 en la lista de la UNESCO, es decir, diez años antes que el mucho más famoso Angkor Wat en Camboya.
Anuradhapura es una antigua ciudad real donde, sobre una superficie bastante grande, se encuentran muchos templos y otros monumentos. Nada más llegar en tren, me puse de acuerdo con un conductor local de tuk tuk, que me llevó a mi "homestay" (en Sri Lanka a menudo me alojaba en habitaciones que los lugareños alquilan en sus viviendas para sacarse así un dinero extra) y al día siguiente por la mañana, hacia las cinco, estaba listo para llevarme a los primeros monumentos.
Mi recorrido por esta zona empezaba en el árbol sagrado Sri Maha Bodhi. Ya al amanecer había aquí muchos habitantes locales que rezaban y traían ofrendas. Sus cantos de oración resonaban por los alrededores y creaban así una atmósfera irrepetible. El árbol está apuntalado por soportes dorados y, según se dice, tiene 2500 años. Por ello se considera el árbol plantado por el hombre más antiguo del mundo que ha perdurado hasta la actualidad. Fue traído de Bodh Gaya, en la India, y es un esqueje del árbol de Bodh Gaya bajo el cual Buda alcanzó la iluminación.

La siguiente parada fue el Palacio de Bronce. Originalmente vivían aquí hasta 1000 monjes, pero ahora solo quedan los restos del palacio con multitud de columnas a su alrededor. El nombre de la construcción procede del techo, originalmente de bronce, que no se ha conservado, y su antigüedad se estima en 2000 años. Cerca se alza también el Vihara Isurumuniya, un templo más pequeño con un Buda tumbado y con un mirador construido sobre la roca por encima de él. Era un lugar bonito, porque me permitió contemplar el paisaje circundante y ver por primera vez los templos más grandes de la zona, que ya se alzaban monumentalmente en la lejanía.
Cerca de los lugares mencionados recorrí también los jardines reales, donde se encuentran los restos de varias construcciones. Pero para entonces ya aguardaba impaciente el camino hacia las grandes dagobas locales. La primera que visité fue la Dagoba Thuparama, toda blanca, con columnas en su perímetro. En esta zona empezó a practicarse el budismo en Sri Lanka hace más de 2000 años, y precisamente la Dagoba Thuparama fue el primer templo budista. Su origen se data entre los años 247 y 207 antes de nuestra era, cuando reinaba aquí el rey Devanampiya Tissa.
Al mediodía llegué al Abhayagiri vihāra. Se trata de uno de los lugares de peregrinación más sagrados de Sri Lanka y de una de las ruinas de monumentos budistas más extensas del mundo. Originalmente era un gran centro monástico y también capital real; los distintos edificios tenían techos dorados de bronce o techos de tejas pintadas de arcilla cocida. Vi balaustradas ornamentadas, piedras de luna y, sobre todo, la enorme dagoba principal, que era realmente monumental y originalmente alcanzaba una altura de 100 metros (hoy 75 m).
La segunda gran dagoba de arcilla de la zona que logré visitar fue la Jetavanarama. La mandó construir el rey Mahasena entre los años 273 y 301 y, con sus 122 metros de altura, fue en su época la estupa budista más alta del mundo y la tercera construcción más alta del planeta. Tras la decadencia del reino de Anuradhapura, toda esta zona fue engullida por la jungla. No fue hasta el siglo XII cuando el rey Parakramabahu intentó reconstruir la dagoba y la mandó reformar hasta su forma actual y su altura de 71 metros. Se supone que en este complejo vivían hasta 10000 monjes.
El último monumento que visité en esta zona fue la Dagoba Ruwanwelisaya. Esta era distinta, magnífica y blanca. Hasta hoy, con sus 103 metros de altura y sus 290 metros de perímetro, es uno de los mayores monumentos antiguos. Fue construida por el rey Dutugemunu y ampliada y embellecida por muchos monarcas. Tras su desplome parcial en el siglo XIX, por suerte a principios del siglo siguiente se acometió su reparación, y así yo también pude alegrarme con la vista de aquella maravilla.
Toda la zona de Anuradhapura quizá no sea tan mística como Angkor Wat, pero me pareció mucho más espiritual. Vi cómo conserva el respeto de los lugareños, que vienen aquí día tras día a distintos lugares a rezar. Y, sobre todo, estos lugares aún no se enfrentan a una enorme avalancha de turistas, así que casi a solas pude deleitarme con la vista de unos monumentos antiguos que en nada tienen que envidiar a las pirámides de Egipto.
Consejo 1: Conviene salir hacia la zona aún antes del amanecer; por un lado disfrutaréis de la estupenda atmósfera del alba y, quizá, también lograréis evitar el gran calor que reina aquí en las horas de la tarde.









