La isla de Cát Bà y la bahía de Ha Long
Mi siguiente parada en Vietnam fue en la isla de Cát Bà. Es uno de los puntos de partida que utilizan los turistas cuando quieren visitar la conocida bahía de Ha Long. Esta bahía es conocida sobre todo por sus formaciones rocosas, que sobresalen del mar en gran número y con increíbles formas. Otra curiosidad son también los pueblos flotantes que de vez en cuando veréis entre las distintas rocas.
Tras un viaje bastante agotador en tren nocturno desde la ciudad de Sapa hasta Hanói, tras deambular por la ciudad y buscar la estación de autobuses correcta a las tres de la madrugada (el taxista me aseguró varias veces que sabía adónde ir, pero ni siquiera después de unos 40 minutos fue capaz de llevarme a la estación) y tras el consiguiente interminable viaje en autobús y en transbordador, por fin estaba alojado en un hotel de Cát Bà y listo para recorrer los alrededores.
Tenía que planificar el programa de los dos días siguientes, así que me fui a la ciudad. Aquí vienen muchos turistas, por lo que no fue problema concertar para el día siguiente una excursión en barco por la bahía y para el otro día un recorrido por la selva a través del centro de la isla. Eché un vistazo al mercado local, que como siempre era estupendamente fotogénico, igual que la mágica puesta de sol entre los barcos y las rocas.
Al día siguiente por la mañana subí al barco, que nos llevaba a la parte central de la bahía de Ha Long. Por todas partes empezaron a emerger del mar las rocas calizas (gracias a su irrepetible belleza natural, esta zona fue inscrita en 1994 en el Patrimonio Mundial de la UNESCO). Traducido, esta bahía se llama “lugar donde el dragón se sumerge en el mar”, y el sitio realmente lo parece. Por desgracia no tuve mucha suerte con el tiempo, así que del cielo azul solo podía soñar y fotografié únicamente en la sombría atmósfera de una baja nubosidad, lo cual realmente no es lo ideal.
Después de que el barco navegara con nosotros un buen rato entre las formaciones rocosas y los pueblos flotantes, donde los lugareños se ganan la vida sobre todo con la pesca y la cría de marisco, fondeamos y pasamos del barco a unos pequeños kayaks. Pudimos así navegar durante una hora aproximadamente cerca de las rocas, a través de pequeñas cuevas, y disfrutar plenamente de la vista de los acantilados cubiertos de una vegetación exuberante. De vez en cuando desde la selva se oía algún mono u otra criatura de la jungla. Quizá gracias a que el tiempo no era del todo ideal, no había muchos turistas; me alejé un rato remando a un lado, tuve tranquilidad y pude fotografiar sin molestias y empaparme de la atmósfera del lugar.
Luego de vuelta al barco y a seguir navegando. La última parada antes de regresar a Cát Bà fue Monkey Island. Una pequeña isla en la que era posible ascender hasta su cima más alta y tener así una vista de gran parte de la bahía. Desde luego mereció la pena el pequeño esfuerzo y la escalada. Pasé en la isla cosa de una hora y luego siguió solo el regreso a la isla con la luz del atardecer. De nuevo pasamos junto a pueblos flotantes y me asombraba de que incluso en estos lugares tengan a menudo un perro junto a las casas, y de que aún en el siglo XXI la gente viva y trabaje en condiciones tan difíciles. Me alegro de haber tenido la oportunidad de ver todavía estos lugares.
Consejo 1: Llevad para el viaje una bolsa impermeable para poder guardar el equipo mientras remáis en el kayak.
Consejo 2: Llevad calzado resistente para la subida a Monkey Island. Yo subí en chanclas, que en las rocas afiladas destrocé por completo y tuve que regresar al hotel descalzo. Desde luego no es un recuerdo agradable, porque las rocas por las que ascendéis están erosionadas por el agua hasta formar salientes puntiagudos por los que realmente no es ningún placer caminar.






