El lago Titicaca - segunda parte
Desde el punto más alto de la isla, donde estuve un buen rato observando los alrededores, empecé a descender de nuevo, porque el sol ya se ponía y se acercaba la noche. Bajo la luz anaranjada se marchaban los últimos lugareños de los campos y varias vendedoras de recuerdos recogían grandes pañuelos llenos de productos artesanales y de ropa tejida. El principal artículo de venta aquí es la lana de alpaca. Así que casi en cualquier lugar de Perú os toparéis con gorros, jerséis, guantes y calcetines tejidos. Es cierto que, si no os dejáis engañar por algún estafador y conseguís comprar una prenda realmente auténtica de lana de alpaca, la compraréis en Perú mucho más barata que en Europa.
De camino abajo me topé con un anciano lugareño que junto al camino fabricaba pequeñas figuras de piedra. Estuve un rato contemplando sus obras y luego le compré una pequeña cabeza de puma, que es uno de los animales sagrados de este país. El pueblecito junto al lago empezaba ya a cobrar vida con el ajetreo nocturno. Varias mujeres en la pequeña plaza pusieron en marcha unas parrillas portátiles al aire libre y vendían brochetas tostadas. Yo me instalé en un pequeño restaurante a tomar un té y observé el ajetreo de alrededor.
Aunque subí a la cima de la isla con ayuda de la coca sin dolor de cabeza, arriba me la saqué de la boca, y eso fue un error. Durante el descenso llegó el dolor y se le sumó un ligero malestar. No tenía ganas de nada más que de té, y eso que en pocos minutos me esperaba la cena en casa de la familia que me hospedaba. La despaché con una sabrosa sopa que me calmó un poco el estómago y luego me fui pronto a dormir.
Por la noche me despertó una fuerte tormenta. La lluvia repiqueteaba sobre el tejado de chapa y por momentos tenía la sensación de que iba a salir volando. La mañana la anunció un coro de gallos. Los habitantes de la isla, que son realmente hasta cómicamente pequeños, iban ya de nuevo vestidos con sus trajes típicos y desde temprano trajinaban en algún trabajo. Yo ya solo tenía en el plan un rápido desayuno y luego el traslado a la vecina isla de Taquile. Por el alojamiento y la comida pagué 60 soles y hacia las nueve subí a la barca.
El trayecto duró alrededor de una hora. Bajé al pie de una escalinata que serpenteaba empinada y conducía a lo alto de la cima de la isla. De nuevo me cruzaba con habitantes locales, que llevaban una vestimenta un poco distinta, dominada por gorros de vivos colores. A primera vista la isla parecía muy similar.
Subí una buena cuesta antes de llegar a la cima y poder contemplar los alrededores. También aquí hay varios monumentos de piedra muy antiguos, una pequeña ciudad (quizá un pueblo grande) y multitud de pequeñas parcelas con verdura y maíz. Me detuve para la comida concertada en un edificio de la plaza y, junto con la comida, recibí también una explicación sobre las costumbres de la isla.
Aquí se vive de forma muy comunitaria; cómo no, si toda la isla la habitan unos 2200 habitantes. La mayoría de ellos se turnan en el cuidado de los turistas, así que hoy me preparaba la comida una familia y mañana volverá a cocinar y a hospedar otra distinta. De este modo se reparten equitativamente el dinero que trae a la isla el turismo. Por la entrada, al desembarcar, pagué una tasa (8 soles), que la comunidad destina a gastos públicos (aceras, bombeo de agua y cosas así). En Amalfi ya se había llevado electricidad de una central solar; en Taquile no la hay y solo algunas casas tienen sus pequeños paneles solares. La responsabilidad de la isla recae en un representante de los lugareños, que eligen cada año (es un cargo no remunerado).
Las prendas tejidas tienen en Taquile muchos significados esenciales. Así, por ejemplo, por los gorros se reconoce quién se considera aún un niño y quién ya un adulto. Las muchachas adultas se cubren con una tela negra de borlas de colores. Hasta la boda van agrandando estas borlas; en cambio, en la vejez las borlas de la tela son ya muy pequeñitas, y al final las abuelas llevan solo una tela negra con un borde de color.
Los hombres llevan gorros de colores por los que se puede reconocer su posición dentro del escalafón social. El representante electo de la isla lleva, además del gorro, un sombrero encima de él, y también una camisa blanca y un chaleco negro. El joven que quiere cortejar a una muchacha debe tejer un gorro especial. Va a la familia de su elegida y los padres de ella juzgan con qué calidad tejió el gorro. Cuando está bien hecho, el tejido es tan tupido que casi no deja pasar el agua que el futuro suegro y la futura suegra vierten en el gorro. Cuando el mozo demuestra su valía en el tejido, se le permite estar con la muchacha 2 años "a prueba". Pasado este tiempo, o bien la muchacha se queda embarazada y hay boda, o bien se separan. Las mujeres tejen para sus hombres cinturones de colores en los que también entretejen su cabello. Les tejen asimismo pequeñas bolsas que sirven para guardar las hojas de coca.
Por la comida, una sopa y una excelente trucha con patatas, pagué 20 soles, y mi excursión por las islas del lago Titicaca llegaba lentamente a su fin. Di los últimos pasos por Taquile, bajé muchas escaleras de vuelta al puerto y zarpé hacia la ciudad de Puno, poblada por la civilización. Estuve un rato deambulando por la ciudad, recogí en el hotel parte de las cosas que no necesitaba en el lago, me di una ducha y luego solo esperé a que viniera a buscarme el taxi y me llevara a la estación de autobuses. Durante la noche me esperaba el traslado a la que es quizá la ciudad más conocida y la puerta de entrada al mítico Machu Picchu, a la ciudad de Cusco.





