Perú - Cusco
A la ciudad de Cusco llegué tras un traslado de unas siete horas en autobús desde Puno, junto al lago Titicaca. Temía un poco qué haría en plena noche en Cusco, pero por suerte conseguí despertar al empleado de la recepción del hotel y este, incluso a las cuatro y media de la madrugada, me alojó de buena gana. Así pude descansar aún un poco y por la mañana, lleno de energía, salir a la ciudad.
La mañana la pasé buscando una agencia adecuada para el trek en las montañas, pero de eso os escribiré en el próximo artículo. En Cusco, desde el primer instante me envolvió el estilo colonial español, que aquí es casi omnipresente. Pero me pareció un poco triste. Vi diversos restos de la magistral habilidad constructora inca y sobre los cimientos de estos muros se habían levantado casas, iglesias y palacios de espíritu europeo.
En realidad me dio pena todo el tiempo y me daba un poco de vergüenza pasear aquí, como turista de Europa, por lugares que los españoles diezmaron por completo y de los que expulsaron la cultura original. Por eso no tenía muchas ganas de admirar los monumentos españoles y preferí concentrarme en los incas. La entrada a estos monumentos (en total unos veinte en Cusco y las zonas circundantes del Valle Sagrado) la resolví con una entrada conjunta por 130 soles (válida durante 10 días) y me dirigí primero al museo junto al Coricancha. No es un museo muy grande, pero se exponen aquí diversas excavaciones, estatuillas de oro, momias e interesantes cráneos de los incas, moldeados en la infancia mediante ataduras hasta darles una forma alargada. Esta forma del cráneo se consideraba prueba de un rango social más elevado.
Después visité la cercana iglesia de Santo Domingo. Esta está construida sobre el original Templo del Sol inca. Los españoles lo derribaron, se llevaron toneladas de oro y levantaron aquí la iglesia. Lo curioso es la parte de los muros incas originales que aquí se pueden ver. Así pude admirar las increíbles habilidades constructoras de los incas, que con herramientas primitivas fueron capaces de crear muros perfectamente precisos con piedras enormes.

Para la tarde había planeado una excursión sobre Cusco, donde se encuentra el palacio de Sacsayhuamán. Todo Cusco se halla bastante alto en las montañas (unos 3200 metros sobre el nivel del mar), el propio palacio está a 3600 metros sobre el nivel del mar, y por eso la gente que llega en avión desde Lima directamente aquí suele tener problemas con la altitud. En mi caso funcionó la aclimatación desde el lago Titicaca y en Cusco no experimenté en absoluto problemas con la altitud.
El palacio de Sacsayhuamán es un hermoso y extenso lugar sobre la ciudad, donde pude deleitarme largamente y con calma con la vista de Cusco y admirar los restos de los muros del palacio. Si en la iglesia de Santo Domingo los muros incas me parecieron interesantes, aquí me parecieron completamente increíbles. Auténticos bloques gigantescos de varias toneladas, perfectamente labrados y encajados uno sobre otro sin una sola rendija. Uno empezaría fácilmente a creer que en semejante trabajo tuvieron que ayudarles algunos extraterrestres o deidades.
En este palacio trabajaron miles de personas durante aproximadamente cien años. Los constructores transportaban hasta aquí (sin la invención de la rueda) piedras desde lugares situados a 11 km y 35 km de distancia. Las piedras las separaban mediante la perforación de agujeros, arena mojada y cuñas. El labrado final de las piedras se realizaba con cinceles de cobre y bronce.
Tras la visita del palacio me trasladé a pie de vuelta al centro de la ciudad y paseaba por las pequeñas tiendas, cafeterías y bistrós. Me sorprendía lo modernos que eran los comercios y establecimientos que encontraba aquí; el turismo ya había transformado de verdad mucho la ciudad.
El segundo día en Cusco lo empecé con la visita al mercado local. Los mercados siempre me hacen ilusión en cualquier destino asiático, pero aquí no me prometía tanto de él. Tanto más me sorprendió su magnitud y riqueza. No solo en el edificio principal del mercado, sino también en muchas calles de alrededor se desarrollaba un mercado de dimensiones increíbles. Fruta, verdura, montones de carne y muchos puestos de comida y zumos.
Deambulé por el mercado quizá toda la mañana y no podía dejar de mirar. Decenas de variedades de patata, cuys asados, bolsitas con hojas de coca: ni siquiera daba abasto para fotografiarlo todo y guardarlo en la memoria. En comparación con Asia, aquí había mucha más carne. Las cabezas de vaca y de oveja, las vísceras y los trozos de carne dispuestos sobre el mostrador son quizá una visión solo para los de estómago más fuerte, pero la carne aquí simplemente se consume y por eso también esto forma parte del mercado de Cusco.
Los habitantes locales, al hacer la compra, se toman aquí una gran sopa de fideos en la que a menudo flotan huesos de dimensiones enormes. Pero el caldo fuerte, en estas condiciones y a esta altitud, les da bastante energía para todo el día. También probé aquí algunos platos y, cuando ya me harté de mirar y en el estómago no me cabía nada más, dejé el mercado, porque aún hacía falta prepararme para la siguiente aventura. Al día siguiente me empezaba un trek de cinco días por el Salkantay, rematado con la ascensión a Machu Picchu.









